domingo 8 de noviembre de 2009

No pisar el césped (boceto de relato musical)

Durante el último agosto, mientras contemplaba el paso de los días en una ciudad del norte de Europa, escribí esta sinopsis. Pronto la abandoné y, la verdad, no pienso completarla. Para convertir este boceto en un relato habría que llenar de color los huecos, matizar a los personajes y modular la información.

TÍTULO: NO PISAR EL CÉSPED

NARRADOR OMNISCIENTE

JERARQUÍA CELESTIAL
Dios: Dios
Arcángeles: Altos funcionarios
Serafines: Gobierno
Querubines: Consejeros
Dominaciones: Comisarios políticos
Ángeles: Guardianes del orden público

JERARQUÍA DEMONIACA
Lucifer: Monarca del averno
Príncipe de las tinieblas: Contramaestre
Duques y archiduques del infierno: Aristocracia y buen gobierno
Demonios ígneos: Orden público y espionaje

PROTAGONISTAS


Benito: Murió tras una larga lucha con el cáncer. Era arquitecto, tuvo cuatro hijos, amaba levemente a su mujer y casi nunca le fue infiel. Solo en algún prostíbulo, durante largos viajes al extranjero.


Michelle: Escritora pequeña, introvertida y parisina, que sufrió veinte años de purgatorio por haber sido sistemáticamente infiel a su marido, un vizconde septuagenario, catedrático de filosofía alemana en la Sorbona. Además plagió su segunda novela, copiando letra a letra un clásico de la literatura checa del Siglo XVII. Al final de su breve vida adoptó a dos niñas chinas. Solo tan bello gesto evitó su caída al infierno. Murió joven, en accidente de tráfico.

Marylin Monroe: Estrella del cine. Su vida fue disoluta e inmoral, de acuerdo con la limitada perspectiva del Altísimo. Accedió al cielo por su discreción frente al acoso, culminado en asesinato, de los hermanos Kennedy. Prefirió morir a degradar su bandera. Es,gracias a su simpatía y a su disposición a cantar con cualquiera sus grandes éxitos, uno de los personajes más populares y queridos del paraíso. Así lo reflejan las encuestas mensuales.

HISTORIA

1.- PLANTEAMIENTO
Michelle y Benito coinciden en el centro de admisión del paraíso: una oficina con cien ventanillas, techos altísimos y brillante suelo de mármol. Conversan en un idioma impreciso e intraducible que dominan por ciencia infusa todos los habitantes del cielo (y todos los aspirantes). Él, gracias a su vaga bondad, ha entrado sin cuarentena. Ella, tras dos décadas en la penumbra londinense del purgatorio, se siente agotada. Necesita el sol eterno del paraíso. Hablan sin entusiasmo de su cansancio y de su alegría. Se separan cuando llegan sus turnos frente a las ventanillas.
Vuelven a encontrarse un año después en los jardines de Kensington, copia exacta del mítico parque británico. Porque el cielo es una infinita urbanización que reproduce en sus zonas comunes –a escala 1/1- los lugares más populares de la tierra, como los canales de Venecia o las cumbres del Himalaya. Su estética se aproxima a la de un parque temático levantino. Sus habitantes poseen libertad total pero no pueden beber alcohol, ni consumir drogas, ni practicar sexo. En realidad solo son libres de disfrutar de su irrenunciable felicidad.
Existe un único delito. Penado con un solo castigo: el descenso inmediato, eterno e inapelable al averno. El hecho delictivo puede parecer insignificante pero define las normas de la comunidad: arrancar el césped que rodea al palacio de Dios. La Casa del Señor es un edificio descomunal, con cierto toque estalinista, emplazado en una colina situada en lo más alto del paraíso.
Una gran columnata blanca y una enorme planicie de césped, eternamente vacía, lo rodean. Hierba que nunca crece ni amarillea. Todos los días varios ilusos marchan al infierno por arrancarla.
Michelle narra su trágica historia frente a la estatua de Peter Pan. El paraíso le parece un tanto pueril. Se dedica, sobre todo, a leer salmos. La biblioteca del cielo no incluye a autores blasfemos o que se hospeden en el averno. Está un poco harta: ella es una poeta maldita y adora a Mishima o a Lautreamont. Él se siente cómodo. Siempre anheló lo que ahora tiene: una felicidad inacabable, sin sobresaltos. Cuenta su propio y doloroso final y las dificultades del oficio de padre de familia (a su alrededor miles de agraciados ríen felices y los escasos niños juegan a la pelota. El horizonte está lleno de ancianos. Destaca la variedad de las vestimentas, que oscila desde la túnica romana hasta la armadura medieval, pasando por diversos uniformes militares y, sobre todo, batas de hospital). La pareja se abraza. Deciden que van a ser amigos para siempre. Como siempre no existe la promesa carece de importancia.
Por allí pasa Marilyn en su caminata diaria. Ha recuperado la forma de sus veinte años y el aspecto de entonces: vestido escotado de raso rojo y stilettos. Sus curvas no provocan el deseo de nadie, dada la general aceptación de la castidad. Al principio le relajaba pero tanta indiferencia empieza a hartarle. Como tiene todo el tiempo del mundo se hace amigo de cualquiera, deambula buscando diversión que no encuentra. Añora a los hermanos Kennedy y a Arthur Miller, que nunca saldrán del infierno. Michelle la ha visto varias veces pero nunca se ha atrevido a acercarse. Aprovechando la compañía de Benito, se aproxima y le manifiesta su admiración por su obra. Marilyn responde, como siempre, con extrema amabilidad, y con una sonrisa irónica se sienta al lado de la pareja. Sin que nadie se lo pida empieza a cantar “My heart belongs to daddy”.



2. DESARROLLO
Tras una breve presentación y después de contar por enésima vez la verdad sobre su asesinato –y sobre el asesinato de JFK- les regala una completa descripción de la decadencia del cielo. Dios está cansado, muy cansado. Quiere llegar a un acuerdo con el otro lado, terminar con las consecuencias de una revuelta cuyas causas apenas recuerda. Su gobierno, formado por serafines y arcángeles blandos que anhelan la paz y la reconciliación, le apoya plenamente.
Dios mantuvo una reunión secreta con Lucifer, en la que recordaron los viejos tiempos, cuando el maldito era el más bello de los arcángeles –demasiado bello- y gestionaba el cielo con mano de hierro. El Altísimo, que está un poco chocho, incluso lloró un poco. Decidieron iniciar un proceso de paz y reconciliación que culminaría con la extinción de las llamas y el triunfo definitivo de la bondad. Los representantes del averno, encabezados por un taimado y zalamero Príncipe de las Tinieblas, exigieron una prueba de confianza: la supresión de la omnisciencia en su zona de influencia. El gobierno del cielo cedió y Dios dejó de conocer de forma inmediata el presente y el futuro del otro lado.
Lucifer ha aprovechado tamaña concesión para introducir a numerosos infiltrados, que superan el proceso de selección celestial con la soltura de los viejos agentes de la KGB. Dejan pintadas en las paredes, que son inmediatamente borradas.
Han enviado al infierno a varios ingenuos, que han arrancado hierba del palacio con la promesa del regreso a la tierra. Se rumorea que algunos infiltrados ocupan altos puestos en el gobierno y preparan una inminente revuelta pero no hay pruebas concluyentes. Dios y su gobierno, en su eterna muetra de la buena voluntad, no han tomado medida alguna. Consideran lógico que los gobernantes del infierno atraviesen un proceso de transición, les cueste habituarse al bien y confían ciegamente en su conversión.
La pareja se enamora locamente. Les parece extrañísimo ya que son muy distintos. A Benito también le parece raro que Marilyn sea tan sagaz y tan simpática. Michelle encuentra por fin calma y sabiduría, Benito halla diversión y mordacidad. Se ríen mucho juntos. Pasean día y noche por las calles de la urbanización y comienzan a dejar de socializar con el resto, aunque cuenten con todo el tiempo del mundo. Como están en el cielo, su amor puede durar para siempre y siempre serán felices. En verdad su único amiga es Marilyn y a veces cantan a capella Diamonds are the girls best friend en las praderas de St. James. Prefieren el atardecer. Porque hay día y noche pero no existe la luna ni el sol, ni siquiera las estrellas.
La escritora empieza a aburrirse. Necesita follar, añora el invierno y la muerte. Quiere volver a la tierra, aunque para conseguirlo se arriesgue a caer en las llamas eternas. Él se niega, le aterra el trato con el demonio y sus acólitos. Ella insiste e insiste. Deben comentarlo con Marilyn. Seguro, afirma, que sabe más de lo que aparenta. Incluso le amenaza con cortar y buscar a un hombre con más arrestos.

3. DESENLACE
Marilyn escucha sus tímidas preguntas, les dice que algo sabe pero no puede ni quiere hablar. Dios sigue siendo Dios y no piensa perder sus privilegios, ni su puesto de honor en las encuestas mensuales. Se siente tranquila en el cielo. En realidad no le interesa el regreso a la tierra: nunca conseguirá más de lo que tuvo.
El amor de la pareja se estanca: pasan los días y las noches juntos, pero todas las jornadas son exactamente iguales. Se aburren, por mucho que ella recite cada noche los pasajes más eróticos de El Cantar de los Cantares. Michelle lanza un ultimátum: tienen que encontrar una solución. Deben insistir con Marilyn. Se citan con la susosicha en los confines del campo de golf, reproducción exacta de St. Andrews, palacete neogótico incluido.
Michelle exige –casi a gritos- que les ponga en contacto con los infiltrados. Marilyn, que nunca pierde la sonrisa, niega cualquier vinculación pero tras una infame insistencia, que no se detiene durante horas, termina cediendo. Para ella, dice, nada es más importante que el amor. Cantan juntos I wanna be loved by you.



Para el encuentro con el infiltrado Marilyn sustituye su vestido rojo por un traje de chaqueta negro, con falda pantalón. Se encuentran con un hombre encantador y con buena planta. Viste con ropa informal y elegante (pantalones de franela, jersey de rombos y camisa blanca), más o menos como un jugador de badmington retirado. En su mejor época fue un archiduque, degradado a demonio ígneo por su indisciplina y su continuo tonteo con las amantes del Príncipe de las Tinieblas. Les habla de la pésima narración de la historia del infierno. Expone con vehemencia que Lucifer es, en realidad, el auténtico liberador del hombre. Que la muerte es una imposición de Dios, que tiraniza al ser humano. Benito expone algún reparo que el enviado bloquea sin problemas Ellos son los revolucionarios, quienes buscan el auténtico bien del pueblo. Si arrancan la hierba del palacio de Dios, si demuestran que son verdaderos rebeldes, regresarán a la vida. Serán de nuevo mortales.
Benito duda, Michelle no. Marilyn les anima. Yo no arranco la hierba porque, ¿qué haría ya en el mundo? Lo conseguí todo. Tendría que empezar de cero. Vosotros poseéis el amor,el más preciado de los bienes, debéis disfrutarlo. Finalmente Benito cede. Incluso se ilusiona con su inminente futuro: Serán una pareja japonésa, de Osaka, no habrán cumplido los 20 años y grabarán varios discos de house progresivo.
A la mañana siguiente, al amanecer, tras una larga noche de dudas e insomnio, entran en el Palacio, aprovechando un despiste de la siempre despistada guardia y, sin pensarlo dos veces, arrancan la hierba. Terminan, tras un descenso de dos lustros, en el último círculo del infierno, acompañados por los peores traidores. Satán ni siquiera les recibe. Solo araña sus espaldas con su larga mano pelada.
Marilyn regresa al campo de golf para recibir la comisión: un blister de barbitúricos y una botella de whisky de malta, cultivada en las praderas del averno. Lo degusta junto al enviado del infierno frente al hoyo 18. Él acaricia su rodilla desnuda. Ella sonríe complacida.

sábado 24 de octubre de 2009

La última tentación de Mina Harker


Dos días antes de partir hacia Transilvania, dispuesta a clavar una estaca en el corazón de su primer y último amor, Mina Harker sopesó el ingreso en la vida monástica. Cansada de la ausencia de su prometido, aterrada por un viaje que intuía partido por los lobos, el hielo y la eterna tiniebla de los Cárpatos, obsesionada con el recuerdo de unos ojos demasiado oscuros, cuyas pupilas siempre rojas recorrían cada amanecer sus pesadillas, deambulaba por los pasillos de su mansión sin descanso ni fatiga, armada con un crucifijo de bronce, recitando salmodias que suplicaban el amparo del Altísimo.

Sí, soñó con atravesar la campiña y las grandes ciudades del norte, donde las minas de carbón hundían la tierra y crecían altas chimeneas, cruzar la bruma y las suaves cimas de los Montes Cámbricos e ingresar como novicia en el único convento católico del reino, fundado por unas emprendedoras clarisas y emplazado a escasas millas del muro de Adriano.

Si no hubiera flaqueado su voluntad, el doctor Van Helsing habría regresado a su consulta, decorada con diplomas y cuadros de cacerías, donde seguiría atendiendo los desvelos de damas histéricas, y el conde la habría buscado sin tregua, superando las amenazas de la luz, leyendo su conciencia como quien descifra una adivinanza, venciendo la santidad de los muros. Habrían conversado entre susurros en el claustro y él habría mordido –con cuidado y sin cautela- el perfil más oscuro de su vientre. Compartirían –sí, hasta ahora, porque la muerte se habría desviado de su camino- una pequeña casa en Hampstead y un ataúd doble, lleno de tierra rumana. Allí habrían nacido dos bellos vampiros, que contemplarían las cúpulas de Londres desde la cima del parque, orgullosos del esplendor de Inglaterra.

sábado 26 de septiembre de 2009

Animales extraños


Viven tras los primeros árboles del bosque. Esconden sus útiles bajo la hojarasca (son excelentes carpinteros) y duermen junto a las raíces. Nunca miran al sol hasta el mediodía. Después pierden horas frente a la luz, sin desviar la mirada. Su piel posee el color de la madera quemada, sobre todo en la cercanía de la boca. Sus ojos son líneas rectas, apenas ensanchadas en el centro de la pupila. Tal vez se parezcan a los zorros, a los cánidos salvajes más escurridizos. Sin embargo su condición semiesférica les aparta de cualquier analogía.

No conocen la muerte pero sí el nacimiento. Tienen costumbres estables: devoran el corazón de los mamíferos más pequeños, les gusta el olor a tierra mojada y liman sus dientes en la corteza de los robles. Sus tribus no superan la centena, ni siquiera en los bosques más frondosos. Cuando cumplen 50 años –su calendario es extrañamente similar al humano- deben huir o afrontar el degüello. Una ejecución sin rituales, practicada eternamente por el más joven.

Dominan amplias zonas de la taiga siberiana y de los arrecifes de Nueva Caledonia. Lentamente colonizan nuevos cuadrantes del atlas. Sus posesiones dibujan una curva sin ángulos, que atraviesa desiertos y nieves perpetuas y sólo languidece frente a los océanos. Las viejas generaciones rechazan la vecindad de los humanos pero los jóvenes ya acampan en los suburbios, a la sombra de naves abandonadas, en grupos pequeños que aún excluyen la reproducción. Pronto dormirán bajo las camas, en los desvanes, junto a las bicicletas de los niños.

jueves 17 de septiembre de 2009

Reloj


Esquivo algas, cristales y pequeños moluscos. La espuma deja rastros negros en la arena. Tras la playa crece un muro de cemento. Tras el cemento crecen árboles cansados. El reloj flota en un charco de agua sucia. No tiene correa, ni esfera, ni manillas. Lo escondo entre mis manos.

Limpiaré su engranaje con un cepillo de dientes. Buscaré unas manillas doradas, que dibujen una “V” perfecta, y el cristal más nítido. Después entraré en una joyería, regentada por una mujer con voz tibia y pechos pequeños. Compraré una correa de cocodrilo y le daré cuerda todas las mañanas.

Me acompañará en las largas tardes del asilo. Si no lo roba una enfermera, o una vieja cleptómana, será la única herencia de mi tercer nieto. Tal vez él se lo regale a su hijo, a quien nunca conoceré, y termine aplastado en un vertedero, tras una mudanza o una limpieza general.

martes 1 de septiembre de 2009

Notas sobre "Antichrist"


1.- Misoginia: Postula la condición demoniaca de la naturaleza, la vinculación indiscutible de la mujer con ésta y, por lo tanto, sataniza a las féminas. La cuestión es si la afinidad con los dueños del infierno representa o no un valor negativo. La presencia del averno es frecuente en la obra de Von Trier. No en vano, el desenlace de Dogville combina la blasfemia y el apoyo absoluto de su creador. Además el personaje masculino no queda bien parado. El conflicto surge cuando interfiere –temeraria y arbitrariamente- en el proceso de recuperación de su esposa, forzando su salida de una clínica psiquiátrica. Afirma que sus conocimientos son superiores a los que poseen los facultativos y emplea métodos terapeúticos dignos del peor libro de autoayuda. Es decir –utilizando una comparación pedestre como pocas- trata de curar la adicción a la heroína con caramelos de menta. Su comportamiento, a la postre, resulta mucho más dañino que el de ella.

2.- Violencia: Se ha resaltado lo innecesario de las castraciones, de la eyaculación sangrienta y del asesinato final –sin duda la más repulsiva de las escenas, digna de una snuff movie-. Von Trier podría haber sido más elegante, de eso no cabe duda, pero las mutilaciones están narrativamente justificadas. El origen del drama es el sexo y su eliminación posee un valor purificador indiscutible. La delectación en la asfixia sí es, por el contrario, desmesurada y gratuita.

3.- Ridículo: Soltar a un zorro parlanchín en una película que, hasta ese momento, transcurre en un registro realista, con toques oníricos, resulta cuando menos arriesgado. Sin embargo, lo hace con tanto vigor y convencimiento que, aunque por los pelos, salva la prueba. El ridículo –por la cercanía con los tópicos más manoseados del género- aparece con el descubrimiento de las láminas medievales-satánicas, casualmente escondidas en el desván.

4.- Tarkovski: Antichrist está dedicada al maestro Andrei Tarkovski. Muchos se han escandalizado. Sin embargo el homenaje posee cierta lógica. El tratamiento de la naturaleza, de ese viento que agita las altas hierbas, remite irremediablemente al ruso.

5.- Lo magistral – el prólogo y el epílogo: El comienzo y el final han sido resaltados como lo mejor de la película por numerosos críticos. No estoy de acuerdo, aun estando magníficamente rodados caen en clichés manieristas y publicitarios, desde un blanco y negro injustificado a una estilizada y cursi cámara lenta. Magistral es la primera hora de la película, que narra la caída al vacío de la esposa y los esfuerzos –estúpidos y destinados desde el principio al fracaso- de su cónyuge por devolverla al mundo. La interpretación de Gainsborough y Dafoe es, durante toda la película, incluso en las zonas más delirantes, impecable.

6.- Conclusión: Una película irremediable.

domingo 30 de agosto de 2009

Búsqueda 23


La noche de verano los extraños pisan las casas más pequeñas, saquean las vitrinas y hurtan los restos del aire, incluso los restos del aire. Las noches de verano sólo los inocentes descienden a la luz. Los hombres sensatos reúnen todos sus enseres, cierran las lámparas con un solo golpe y se esconden en las esquinas más húmedas. Allí resisten hasta el descenso del sol, soñando con ciervos rojos y el tacto de la hierba helada.

jueves 13 de agosto de 2009

Búsqueda 22


Telas de araña manchan lentamente nuestra casa. Nadie recoge el polvo que crece en las esquinas y las plantas ya han perdido sus hojas más débiles. Dos hombres aguardan en la trastienda. Entrarán cuando el granizo rompa las ventanas, matarán a los insectos y se sentarán frente a los libros arrugados. Serán felices bajo nuestras sábanas sucias. Pronto nacerán sus hijos, que trazarán letras y extraños dibujos en los cuadernos que nunca compramos. Juntos, abrazados frente a una vieja estufa, contemplarán el invierno. Dejarán las puertas abiertas, alentando la divulgación del frío.

viernes 31 de julio de 2009

Sabor a ternera (cuento caníbal). Capítulo III


La embajada contrató a un chófer. Viajaron día y noche por la selva y la sabana. Contemplaron la fiereza de las panteras, la indiferencia de las cebras, el orgullo de los monos y, sobre todo, el fulgor de los pájaros. Incluso vieron, fascinados y horrorizados a un tiempo, cómo un león devoraba las tripas de una gacela. Los indígenas eran encantadores y las texturas, las infinitas combinaciones de los verdes, los rojos y los amarillos les dejaban en permanente estado de pasmo. Se juraron amistad eterna tras una noche de revelaciones junto a una hoguera.

Sin embargo, pese a la aparente igualdad, los papeles seguían estando claros: Eugenia era la eterna invitada, Miqui el genio y Silvia quien gestionaba el papeleo, la que trataba de dialogar siempre con los nativos. Llegaron al final del recorrido turístico cargados de fotografías, de fragmentos vegetales, de los bocetos de una colección inolvidable. Estaban felices pero no hastiados. Necesitaban más. Mucho más.

Una montaña destacaba en el horizonte. Su color oscuro, tamizado por las colinas verdes que serpentean hasta la cima, sus laderas cubiertas de bruma, presagiaban una belleza infinita. El chófer les indicó que el viaje había terminado. Lo hizo con gritos, gestos, dibujos. Se arrodilló sobre el suelo embarrrado. Incluso arrastró un tronco hasta las ruedas del coche. Ellos pensaron, al unísono, en la sobreprotección que siempre se da a los turistas. Porque ellos no eran turistas sino artistas aventureros, dispuestos a todo por conseguir la belleza. Hasta Silvia, siempre tan prudente, se unió al coro. Lograron el asentimiento del chófer después de partir por la mitad un billete de cien dólares. El resto, cuando volvamos sanos y salvos, dijo Miqui mientras le guiñaba un ojo, orgulloso de su temeridad. Eugenia se sentía pletórica: cuando un artista es conquistado por un verdadero deseo, cuando quiere con todas sus fuerzas, siempre lo consigue.

Lo que hallaron no les decepcionó. Entre senderos intransitables escucharon aullidos de animales salvajes, vieron insectos imposibles, cruzaron arroyos salvajes, incluso encontraron un pequeñísimo jabalí, de orejas rojizas y lomo anaranjado, que Eugenia decidió llevar como mascota. Era una tierra sólo concebible con el auxilio de las drogas. Absortos en la belleza no vieron a los caníbales hasta que bloquearon el camino. El chófer paró con un frenazo. Eugenia gritó alborozada: por fin podía ver una auténtica tribu de indígenas. Llevaban taparrabos e iban armados. Miqui se preguntó, antes de que las lanzas apuntaran a su cuello, si querrían posar en una serie de fotos. Silvia no abrió la boca. Permaneció recostada en el sillón con los ojos muy cerrados. No los abrió ni cuando sintió el metal sobre su piel. Los indígenas besaron la coronilla del jabalí y lo soltaron entre la espesura. Era –según tradujo el chófer- un animal sagrado. Pero las lanzas no descendieron. Debían acompañarles hasta la tribu. Miqui controló sus gritos. Permaneció quieto, añorando una pistola. Eugenia, entre temblores, gritó el nombre de su familia. Si no hubiera temido al filo que amenazaba su cuello, habría lanzado su pasaporte contra el rostro de los indígenas. Silvia perseveraba en su silencio. Era la única que no confiaba en su condición europea. La única que sabía que, pese a su pasaporte, pese a la cuenta corriente de su socia, lo tenían muy crudo. Sabía que hay lugares del mundo donde el dinero sigue siendo papel manchado.

Tras los primeros forcejeos, accedieron a caminar por su cuenta. La tribu no estaba lejos. La belleza, de repente, se convirtió en horror, la humedad en frío, las aves multicolores en cuervos sucios. Fueron recibidos por un pasillo de mujeres y niños. Estaban desnudos, manchados con grandes cruces rojas. En el suelo, entre los rastrojos, entre las chozas, había huesos de animales pulidos hasta el brillo. Las mujeres y los niños les tocaban, les miraban con ojos demasiado abiertos. El campamento estaba levantado con chozas de paja, barro y mierda. Les encerraron en total oscuridad, atados con lianas. Cada dos horas, unos indígenas soltaban un jarro de agua sobre sus cabezas. Miqui intentaba no tragarla. Temía más a la disentería más que a la muerte. Eugenia estaba tranquila. Creía ciegamente que su desaparición alertaría a la embajada y muy pronto escucharían el descenso de un helicóptero.

A la mañana siguiente, tras una madrugada de frío, insomnio y ruidos atroces, recibieron la visita del gran jefe, definido por su penacho. Era un hombre gordo. Grandes pinturas azules cruzaban su pecho. El chófer tradujo tembloroso. Uno de los blancos debía alimentar a la tribu. Era un tributo por invadir su territorio y tratar de robar un animal sagrado. Tras el banquete, el resto serían liberados y tratados como dioses. Su tono era pausado y firme. Nunca dejó de mirarles con sus enormes ojos oscuros. El propio chófer, por indicación de los caníbales, cortó con un machete las ataduras. Cuando el jefe cerró la puerta se sentó en el suelo, abrazado a sus rodillas.

Miqui, encogido como un feto, empezó a llorar con grandes gemidos. Eugenia exigió que el jefe regresara, que negociara con ellos. Con sólo una llamada traería agua corriente al pueblo, medicinas para todos los niños. El chófer ni siquiera respondió. Fue Silvia quien lo hizo: Tu dinero aquí no vale nada. Tú nos trajiste aquí. Tú, pija de mierda, eres la jodida responsable de nuestras vidas. Además tú cogiste el bicho ese. El puto jabalí. Por eso tú vas a morir. Le sorprendió el asentimiento de Miqui. Y más que tomara las lianas cortadas, empujara contra la pared a su nueva socia y volviera a atarla. Pero Eugenia no calló. Nadie, durante siglos, lo había hecho en su familia. Todos habían esquivado siempre las peores venganzas, las condenas más atroces, los más largos destierros. Por eso les suplicó que la soltaran, que la permitieran despedirse de ellos con un abrazo. Y Silvia y Miqui, siguiendo el sendero que también habían tomado siempre los suyos, optaron por la rendición. Y fue la propia Silvia quien, entre lágrimas, con sus propios dientes, cortó de nuevo las lianas, quien permitió que Eugenia, ya de pie, con la altivez y la falsa modestia de un viejo magistrado comenzara su último discurso: Sé que voy a morir, y me parece justo, pero podríamos haber hecho tantas cosas… Podríamos haber abierto tienda en París, sólo para nosotros, sin multimarca. Miqui tendría su propia línea, habría colaborado con los mejores. –no lloraba, pero sus palabras tampoco dejaban de temblar. No gesticulaba pero las manos no permanecían quietas- Sé que yo recogí el jabalí y cargaré con mi culpa, pero tendréis que volver a las pasarelas de barrio. Las marujas y las mercerías también tienen su encanto, no lo niego… Silvia entonces vio los negros augurios que, como fuegos fatuos, rodeaban su débil cuerpo. Y reaccionó. Cállate ya, zorra. Vamos a atarte otra vez, dijo abalanzándose sobre las lianas.

Miqui sólo se movió para sentarse junto al chófer, refugiado en la oscuridad, cumpliendo su parte del contrato. Las mujeres se abofetearon, forcejearon, pelearon sobre la tierra hasta que les venció el agotamiento. Antes del anochecer dos indígenas, armados con largos machetes, iluminaron la oscuridad. Se aproximaron lentamente hasta Silvia, palparon sus mejillas temblorosas. Ella gritó: Id a por la otra. No os equivoquéis mientras trataba de evitar el descenso de las manos de los caníbales por su abdomen. Eugenia, con la parsimonia y la precisión de una bailarina, se sentó a la sombra del hombre. Miqui no movió ni un músculo. Tampoco el chófer tradujo los gritos: ¿Estás diciendo que yo seré la muerta? ¿Que no valgo para nada? Responde, hijo de puta. Los chillidos se detuvieron tras la puerta, después de un solo golpe, seco como una pedrada. Miqui permaneció en total silencio, con los ojos muy abiertos, sin siquiera permitirse las lágrimas. El chófer y Eugenia le arrastraron hasta el coche. Antes les habían servido una escudilla de carne braseada. Ella sí la probó. Le recordó a la ternera barata, aunque algo más dulce.

EPÍLOGO MUSICAL MORALIZANTE

Sabor a ternera (cuento caníbal). Capítulo II


El atelier de Miqui y Silvia pronto ganó fama entre alternativas adineradas, cronistas de tendencias e intelectuales ociosos. Alquilaron un estudio en Malasaña, emplazado entre tabernas con barra de niquel y librerías de viejo. En su correo se acumulaban las invitaciones y nuevos diseños afluían cada mañana hasta las manos mágicas de Miqui. Estaban encantados pero las cuentas, ajustadas por Silvia en jornadas que duraban hasta el amanecer, no terminaban de cuadrar. Gastaban demasiado en promoción, en regalar sus prendas a cualquier artista que lo pidiera, aguardando devoluciones de favores que nunca ocurrían. Habían aparecido en todos los fanzines y pronto desfilarían en las mejores pasarelas independientes, pero casi nadie pagaba por sus bellos vestidos asimétricos, llenos de flecos y colores imposibles. Incluso hubo en un descubierto en su cuenta de crédito, reclamado por el banco con su celeridad habitual.


El 12 de marzo de 2007, a media tarde, paseaban absortos por las calles de su barrio. Tras el escaparate de un café vieron a una compañera casi olvidada. Tomaba té y mantenía una animada conversación con una chica de cabello pelirrojo. Tras unos segundos de duda silenciosa, entraron. El encuentro, aunque pareciera trivial, incluso una pérdida de tiempo, marcaría sus vidas para siempre. Charlaron hasta el cierre del café. Después caminaron hasta una discoteca iluminada por focos metálicos. Allí bailaron entre espasmos hasta el amanecer. La juerga terminó con un brindis de champán en la plenitud del mediodía. Eugenia López de la Carraleda se sintió, por primera vez en muchos años, libre y feliz.

Cuatro días después, ataviada con unas botas verde pistacho y una larga camisola de la firma, Eugenia visitó el estudio. De nuevo la tarde se alargó hasta la madrugada. El ritmo de la conversación lo definía Miqui. Silvia alternaba la participación con largos silencios. Era capaz de regresar a su ordenador y observar durante horas, sin mediar palabra, el creciente desparpajo de su nueva amiga. No sentía celos. Sabía que Eugenia tenía las mismas posibilidades que ella. Sin embargo, aunque supiera que el patrimonio de su amiga sólo podía favorecerles, sus instintos marcaban otro sendero. Si lo hubiera seguido la habría echado a la calle, tras cruzar su cara con dos profundas bofetadas.

Los encuentros en pasarelas, estrenos y tabernas de vinos continuaron. Eugenia pasaba la mitad de su ocio -o, lo que es lo mismo, la mitad de su tiempo- en su compañía. Se acostumbró a llegar a media mañana al estudio, sentarse junto al ordenador de Miqui y allí, siempre a su lado, aprender en silencio, preguntando lo imprescindible. No era ingrata, ni le costaba preparar la comida o traer de su casa quiches, ensaladas y botellas de Evian. Una noche de julio, tras una copiosa cena, celebrada en un restaurante de rancia comida francesa, cerraron la venta de un tercio del atelier. La nueva socia no discutió lo elevado del precio y pagó en el momento, con un cheque al portador extendido sobre el mantel de hilo.

La actitud de Eugenia les sorprendió. Les sorprendió que acudiera a la oficina a las nueve de la mañana, antes incluso que ellos, que les acompañara a las fábricas, soportara el lenguaje de los obreros y el olor maloliente de los teñidores y, sobre todo, que callara y lo apuntara todo en una libreta gris de tela. Invirtieron con sabiduría el dinero. Compraron un nuevo equipo informático, rediseñaron la página web y celebraron un cóctel de media tarde, donde invitaron a bloody marys a todas sus clientas. Las mejores familias de Madrid empezaron a cruzar la puerta y, con jolgorio del trío, a firmar cheques de varios dígitos. El director del banco les invitó a comer -rechazaron tan humillante propuesta- y sus cuentas se diversificaron en fondos, depósitos y sofisticados productos financieros. La estrella de Miqui, hasta entonces sólo intuida, comenzó a brillar. Apareció en el suplemento de El País y le contrataron como figurante para una película de Almodóvar (la protagonista vestía una camisola suya en la escena cumbre). Silvia, mientras tanto, se alborozaba como sus compañeros pero percibía que el rigor de sus asientos contables, sus criterios organizativos y la severidad de su gusto cada vez tenían menos importancia, devorados por la omnipresencia de Eugenia y sus asesores financieros.

La idea de viajar a África no fue de Eugenia, ni siquiera de Miqui, sino de un joven aniñado, sastre de Dolce&Gabanna, que compartió sauna con él durante una gélida noche milanesa. Era, le dijo entre los azotes y el sudor, la última tendencia. Investigar sobre la tierra, como periodistas de raza. Dejarse la piel en el trabajo. Optaron por Zanzia casi al azar, motivados por una página web que afirmaba su salvajismo y su ausencia de mosquitos. A Eugenia le aterraba la malaria. CONTINUARÁ.

jueves 30 de julio de 2009

Sabor a ternera (cuento caníbal). Capítulo I


Los gritos de Silvia asaltan su conciencia cada noche, cuando se halla en la difusa frontera que separa la vigilia del sueño. Entonces vuelve a preguntarse por qué fueron a África, por qué ascendieron aquella montaña. Pronto sabrá que, por muchos homenajes que la rinda, por muchos psiquiatras que visite, ella nunca abandonará sus pesadillas. Tendrá que asumir su presencia sin ira, como el dueño de un castillo dominado por un fantasma.

Pese a los hechos, o tal vez gracias a ellos, sus rostros demacrados alcanzaron todas las portadas. En 2010 desfilarán por fin en París y abrirán su primera tienda en Nueva York, emplazada en un loft de ladrillo rojo y vigas de acero. La familia de Silvia fue recompensada y las investigaciones nunca llegaron a conclusiones definitivas. A veces la verdad resulta inasumible, inverosímil, pese a las certezas que la acreditan.

Eran los mejores de su promoción. Se conocieron en la primera clase, cuando los alumnos fueron divididos en grupos para un proyecto de patronaje. Durante años se preguntaron si fue el azar quien les obligó a trabajar juntos o la causa nació en algún extraño engranaje, creado en zonas perdidas de la conciencia. No hubo entre ellos la rivalidad, la zozobra en la confianza que siempre precede a las mejores amistades. Desde el primer día conversaron hasta la madrugada, repasaron viejos catálogos, compartieron vino y confidencias.

Miqui llevaba una larga barba negra. Su espalda era rotunda como la de un estibador pero la rudeza se esfumaba en cuanto tocaba una tela o deslizaba un lápiz sobre el papel. El roce de sus manos parecía mejorar los colores de las sedas, suavizar las ásperas texturas del lino. Además, manejaba la aguja con la precisión de los mejores cirujanos. No sólo lo sabía él, lo percibían también sus compañeros, que rivalizaban a la hora de invitarle a sus pequeñas fiestas, de pedirle que participara en sus grupos de trabajo. Los profesores combinaban una velada admiración con gritos, plantones e injustos suspensos. Silvia, sin embargo, era una alumna ejemplar y sin brillo. Apenas superaba el metro y medio. Gustaba de los colores apagados y las prendas amplias, que difuminaban la brevedad de su cuerpo. Nadie copiaba los diseños de Armani y Balenciaga como ella. Tampoco nadie ajustaba los balances contables con su precisión. Siempre llevaba el cabello corto y el más pálido maquillaje. Ambos habían estudiado en colegios de curas, sus padres vivían en barrios dignos de la periferia, lentamente abandonados por sus habitantes, que cedían sus viejas viviendas a los emigrantes.

Miqui halló en ella una compañera leal, que complementaba su genialidad con unas innegables dotes para el orden y la persistencia. Ella encontró a un hombre que iluminaba sus días y sus noches, que le sacaba de su mundo de números y dibujos perfectos, aunque sin alma. Su amistad, asentada en caminatas campestres, en fiestas hasta la madrugada y proyectos impecables –sistemáticamente plagiados por sus profesores- nunca llegó al contacto carnal. Silvia, al contrario que su amigo, era fervorosamente heterosexual. Intentó desalojar su intenso amor mediante encuentros furtivos con esqueléticos compañeros, viejos profesores, incluso algún sudoroso obrero. Unos pocos la hicieron reír, otro la condujo hasta un profundo orgasmo, pero ninguno desalojó la perenne memoria de su amigo. En cuanto contemplaba sus trazos perfectos, su tez ingenua y pálida, el amor la golpeaba sin piedad, como si fuera una vulgar sparring. No planificaron la empresa hasta el último curso cuando, obligados por el temario, tuvieron que cerrar un proyecto de largo recorrido. Trabajaron hasta el alba durante una semana, combinando dígitos y manchas de color, los mejores cortes y el mayor rigor contable. Fueron galardonados con el premio extraordinario.

Lentamente su proyecto se convirtió en una realidad, jaleada por todos sus compañeros, que se sentían testigos de un momento tan histórico como el corte del primer smoking de Yves Saint Laurent.

Mientras tanto, dos mil millas al norte, Eugenia López de la Carraleda aprendía artes plásticas, piano y los mejores modales en una universidad femenina de la Suiza francófona. Heredera de una inmensa fortuna, cosechada durante siglos de batallas, latrocinios y conspiraciones, no se sentía una más de su familia. No compartía la pasión de los suyos por el polo, las obras de caridad o la sastrería británica. Ella era diferente. Ella era de izquierdas. Y, además, pelirroja. CONTINUARÁ

domingo 5 de julio de 2009

Búsqueda 21


Tomaré los hábitos en una catedral francesa –con naves espigadas y altas vidrieras- una mañana soleada de diciembre. Me postraré frente al altar, sobre las tumbas de los cardenales. Soportaré el frío, la liturgia y el respeto de los comulgantes. Luego viajaré hacia el norte. Hacia un pueblo con largas playas grises, sólo paseadas por perros y vagabundos. Envejeceré en un convento con claustro, cipreses y un pequeño huerto. Respetaré al prior, descifraré los códices y tal vez odie –o ame desesperadamente- a algún hermano. Recibiré la muerte con alegría y seré enterrado entre los rastrojos, apenas cubierto por un sudario.

miércoles 1 de julio de 2009

Búsqueda 20


El cansancio se adentra bajo la piel con el mimo de las arañas. Avanza en el territorio del día sin otro temor que su vejez, tejiendo largos mantos de sueño. Los pasos encogen cada mañana: la fatiga pronto alcanzará los últimos reductos. Entonces las mujeres arroparán mi cuerpo, recitaré poemas al atardecer y creeré en la palabra de los hombres.