jueves 20 de diciembre de 2007

Benet

Despreciar la obra de Juan Benet se ha convertido, de unos años a esta parte, en una prueba de modernidad y cercanía. Cualquiera que se declare admirador de su narrativa corre serio riesgo de ser catalogado como trasnochado o soberbio. Es posible que Juan Benet fuera muy mala persona. Si alguien posee el canon de lo que es o no una buena persona, claro. Incluso parece probable que sus novelas sean insoportables y nadie, salvo algún filólogo masoquista, las haya terminado todas. Autores maltratados por él, como Nabokov o Cortázar, le han sobrevivido con holgura y serán leídos cuando sus inmensos novelones apenas disfruten de los beneficios de las librerías de viejo. Pero no se puede negar que aportó algo de luz y de cuidado por el lenguaje a esta tierra de bufones, caciques y gallinejas. Que se esforzó por ello durante toda su vida, lanzando opiniones temerarias y dañinas, pero probablemente necesarias. Y que, además, poseía una mirada propia, nítidamente expresada en obras como “La inspiración y el estilo”, sobre la decadencia de España y sus causas. Incluso sus obras más insufribles, como “Saúl ante Samuel”, están llenas de aciertos poéticos, de innovaciones expresivas que no han vuelto a repetirse en una narrativa española que nunca ha abandonado su amor por la fritanga. En esta época, llena de gentes divertidas, graciosas y populares, se añora –o al menos, yo añoro- a personajes malencarados y deliberadamente dañinos como Benet. Porque si las obras de Benet eran ariscas y difíciles como sus queridos montes leoneses era porque él así lo quería. Porque respondían a una mirada sobre el mundo dominada por la imposibilidad de aprehender la realidad. Un lector atento de su obra comprobará que controlaba cualquier registro, siendo capaz de escribir con absoluta claridad, incluso de ser gracioso, como lo demuestran los hilarantes diálogos de “En penumbra”. También escribió algún relato perfecto, como “Numa” o “Una tumba”.
Evaluar si su influencia fue positiva, negativa o inexistente es absurdo. Afortunadamente nadie siguió su estela. Porque su obra no permitía la continuidad. Cualquiera que lo hubiera intentado habría caído en el pastiche. Igual le habría ocurrido a un argentino que escribiera relatos poblados por bibliotecas infinitas y laberintos. Acercarse a Benet es siempre recomendable, incluso a sus obras más difíciles. Háganlo sin pretensiones, sin plantearse siquiera terminar la obra, dejándose llevar, simplemente, por la belleza de las palabras.