Si Las Benévolas representa el futuro de la novela, autores como Matilde Asensi o Sánchez Adalid están de enhorabuena. Pronto se encontrarán en el centro del canon. Porque la novela de Littell, al margen de sus numerosas virtudes, es una genuina novela histórica. Su mayor novedad es la utilización de un narrador identificado que describe con distancia y prescindiendo de juicios morales –o más bien, luchando por prescindir de juicios morales- algunas de las mayores masacres ejecutadas por los nazis. El hastío de la sociedad moderna exigía una novela como “Las benévolas”, que provocara la duda del lector sobre si debe o no apoyar las atrocidades y el dandismo nihilista de un militar nazi. Littell sabe que a muchos de sus lectores les encantan la estética Salón Kitty y los látigos de cuero. Por otro lado, como todos los grandes de la novela histórica, es un gran profesional. La creación del campo semántico que ampara a las pretensiones del autor es casi perfecta. También resultan excelentes y adecuadas las descripciones espaciales.
Lo más interesante de la novela es la capacidad –a veces directamente planteada- para provocar la reflexión del lector. Inevitablemente nos preguntamos ¿qué habría hecho yo allí? Consigue que nos planteemos –de manera bastante falaz, aunque efectiva- si cada día, al ignorar las masacres cotidianas, no reproducimos la actitud de Maximilian Aue. La mirada sobre el mundo de Littell es plenamente francesa. Y encaja a la perfección con la tradición más cínica y descreída de la literatura gala, lo que no es en absoluto negativo. Muchos de los reaccionarios franceses fueron escritores maravillosos.
La construcción del personaje se apoya en tópicos psicoanalíticos bastante cutres, que remiten al peor cine italiano de los setenta pero sirve de pretexto para la tendencia al delirio del personaje y para el torrente de Deus ex machina que acompañan el largo viaje de Herr Aue. Porque salvar la vida de un protagonista que contempla en primera fila el auge y caída del nazismo, lo que incluye Stalingrado y la caída de Berlín, no es nada fácil. Jonathan Littell lo sabe y también parece haber creído que la búsqueda de la verosimilitud no merece demasiado esfuerzo. Sitúa a su querido Maximilian en escenarios tan terribles y peligrosos –no olvidemos que se trata de una primera persona y que la frialdad del narrador se apoya en su impasibilidad ante el horror- que cuando se encuentra en la necesidad de mantenerle vivo y libre para que continúe con su periplo semiturístico por las ruinas del III Reich no le queda otro remedio que recurrir al delirio o a abusos del azar que avergonzarían al mismísimo Julio Medem. Las reglas más precarias de la verosimilitud obligarían a que el narrador-protagonista cayera en alguna de las encerronas del destino o a enfatizar tanto la casualidad de su salvación que ésta tomaría verdadero protagonismo. Sin embargo, el empecinamiento del autor por continuar el itinerario de su héroe como si éste fuera una versión afterpunk de Forrest Gump, el miedo a caer en terrenos fronterizos con la ciencia ficción o en territorios propios de obsesos del azar como Paul Auster le obligan a forzar la casualidad. Sólo la suspensión de la realidad provocada por la saturación de atrocidades –decoradas con profusas lluvias de sangre y mierda- facilita la salvación de la novela. En un espacio y un tiempo en que todo resulta posible, las trampas resaltan mucho menos.
Otro aspecto deficiente de “Las benévolas” es la monotonía y mediocridad de su recreación del horror. Sebald en su “Historia natural de la destrucción” cita profusamente la imposibilidad de reproducir los efectos de la guerra sobre los sentidos. Cualquier acercamiento será ineludiblemente falso. Sin embargo, en la creación de una impostura se puede ser hábil o torpe. No niego la efectividad del método de Littell, apoyado en el bombardeo de sangre y mierda (tanto es así que el protagonista sufre continuas diarreas). Si pretende que el lector sienta naúseas lo consigue. También lo lograron los creadores de Holocausto Caníbal o American Psycho. Sin embargo, la entidad de los hechos narrados, la pretensión confesada del autor de escribir la gran novela del Siglo XXI, exigía algo más de esfuerzo, de búsqueda de complejidad. Claude Lanzmann dirigió el larguísimo documental Shoah en 1985. Es una indagación sobre el exterminio judío. No utilizó imágenes de archivo. Simplemente rodó planos del estado de los campos polacos –desérticos y helados- en el momento de la filmación. Con la palabra de los testigos y la realidad compartida del espectador tuvo suficiente. Regresemos a las páginas: la mirada del joven .Kertesz desde los huecos del vagón que le trasladó a Auschwitz en “Sin destino” es menos nauseabunda, pero mucho más compleja y realista que los kilos de mierda de Littell. Sin embargo, en “Sin destino” nadie le muerde la nariz a Hitler.
No desprecio “Las benévolas”. Es una muy buena novela histórica. Tal vez podría haberse titulado “El último nazi”. Además obliga al lector a reflexionar sobre su actitud frente al mundo, lo que no es poco. Sin embargo, no es ni mucho menos la mejor novela de nuestro pequeño siglo. Por ejemplo, El hueco que deja el diablo, de Alexander Kluge, resulta mucho más interesante e innovadora.
martes 18 de diciembre de 2007
Las benévolas
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