jueves 13 de diciembre de 2007

Un gran relato

El libro de relatos “Gritar”, escrito por Ricardo Menéndez Salmón y recién publicado por Lengua de Trapo contiene un gran relato. Lo que, en cualquier caso, sea cual sea la calidad del resto, es una noticia que merece ser destacada. “Gritar” esconde también algún desenlace inesperado a lo Roald Dahl –un cuentista estupendo, situado gracias a la serie de televisión de Alfred Hitchcock en el terreno del tópico- muchas imágenes deslumbrantes, buenas metáforas a medio terminar y varios pastiches almibarados (si un pastiche no es siempre almibarado).
El gran relato comienza con un título pésimo: A nuestros amores. Parece extraído de una novela de Barbara Cartland. Afortunadamente una cita de Proust modera el desaguisado. ¿Por qué es un gran relato? Vayamos por partes:
1.- No es una micronovela, sino la narración de una epifanía, de un momento decisivo que marca un antes y un después de la vida del protagonista. Además, lo que es más importante, el lector percibe esa importancia.
2.- El narrador elegido –una primera persona que mantiene una distancia razonable respecto de sus sentimientos, justificada por el tiempo transcurrido desde los hechos- es pertinente, incluso necesario. Además la voz posee un campo semántico acotado y definido, no es devorada por prestidigitaciones linguísticas, como pasa en otras narraciones del libro.
3.- La historia no es trivial, como ocurre en tantos “relatos de personajes” heredados de una mala digestión del realismo sucio. Contiene peripecias significativas. La sinopsis de las peripecias es válida por sí misma. Además el protagonista adopta decisiones, mediado el relato, que sorprenden al lector y, como en los mejores relatos de Tobias Wolff, conducen al protagonista hacia terrenos insospechados.
4.- La mencionada distancia del narrador permite que el lector identifique sentimientos e intenciones que, aunque no haya sufrido nunca, sabe que podrían recorrer en algún momento su conciencia. Además escoge emociones que no suelen reconocerse, ni siquiera ante uno mismo. Aporta compasión de la mejor estirpe, aquella que alivia la incomprensión del lector respecto de sus propias sensaciones, definiendo aquello que parecía ajeno al lenguaje.