El reciente estreno de la versión cinematográfica de Expiación , novela escrita por Ian McEwan en 2001, trae inevitablemente a la memoria otras ampulosas y radiantes adaptaciones británicas. Entre todas, aun reconociendo la brillantez de las versiones de E.M. Forster, en especial de Regreso a Howards End o Pasaje a la India, destaca Lo que queda del día, extraño ejemplo de paralelismo en la destreza.
Expiación y Lo que queda del día, escrita por Kazuo Ishiguro en 1989, mantienen numerosas semejanzas, que sobreviven al margen de la pertenencia de ambos autores a la misma generación, un invento editorial que les vinculó con autores radicalmente distintos, como Martin Amis. Vayamos con las coincidencias:
1.- Son novelas radicalmente inglesas –renovadoras de una tradición que no sigue la estela de los Angry young men sino de los novelones de Thomas Hardy o George Eliot - localizadas en aristocráticas mansiones de la campiña durante los años previos y posteriores a la segunda guerra mundial.
2.- Ambas muestran las consecuencias de la rígida división social británica en una relación amorosa.
3.- La narración de Ishiguro se convirtió en la mejor película de James Ivory, una obra tensa y hermosamente oscura, que exhibe interpretaciones insuperables de Emma Thompson y Anthony Hopkins. Sin embargo, la versión de Expiación, aun contando con un guión bien estructurado, que vence las dificultades de saturación que podría provocar la adaptación de una novela de dimensiones eslavas, ni tiene actores adecuados ni resuelve apropiadamente el tramo más difícil de la novela –la fuga de Dunkerke-.
4.- Las dos están narradas desde una primera persona sumamente subjetiva, aunque Lo que queda del día sea una obra más honda, menos apoyada en las peripecias y más en la conciencia del protagonista.
5.- Ambas, aun criticando con dureza las consecuencias de la tradición británica, defienden encarecidamente los valores que representa: la templanza, el honor, la perseverancia. Son, por lo tanto, sutilmente nacionalistas.
6.- Ninguna de las dos podría catalogarse como novela histórica. Los protagonistas –hombres humildes que luchan por la supervivencia en un entorno que les aplasta- no tienen verdadera influencia en los hechos narrados. La obra de Ishiguro, por la presentación lateral de un momento de zozobra que pudo culminar con el apoyo británico a Hitler, roza la teoría conspirativa pero el autor, consciente de la peligrosa cercanía del género, inmediatamente difumina el foco consiguiendo que el protagonista contemple con pasmosa indiferencia los giros de la Historia. Los héroes de McEwan ni siquiera poseen la posibilidad de intervenir. Son simples víctimas. La guerra es en Expiación un Deus ex machina espléndidamente disimulado. Son novelistas tan hábiles, tan conocedores de su oficio que saben hurtar lo que les interesa de cualquier género, incluso de cualquier trampa, sin caer en el cliché ni en patrones ajenos, ganando al público y manteniendo el vigor de los personajes.
7.- La literatura anglosajona posee una virtud que escasea en la narrativa de nuestro simpático país: la distancia sobre el protagonista. La distancia no implica frialdad, tampoco se traduce en hemoglobina, ni siquiera en violencia, sino en capacidad para que el tema, el fin de la novela, venza a la vinculación emocional que el autor establece con sus criaturas. Los mejores autores británicos no se enamoran de sus protagonistas, aunque les hayan conferido sentimientos complejos, aunque sean bellos, jóvenes y generosos. Son capaces de despedazarles, como hace Ishiguro en su magistral Nunca me abandones, de arruinar sus vidas sin que la sólida estructura de la obra siquiera se tambalee.
domingo 13 de enero de 2008
De mansiones y distancias
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