La distopía es uno de los subgéneros narrativos más boyantes, como lo prueba el reciente éxito de La carretera, de Cormac McCarthy. Cualquier escritor avispado sabe que una distopía bien armada garantiza buenas críticas y pingues beneficios. En el siguiente post, dividido en dos partes e imposible sin la colaboración de Carlos Valdés, aportaré algunos apuntes sobre un tema que merecería todo un libro:
1.- PREGUNTAS Y RESPUESTAS
¿Qué es una distopía?
Anglicismo, creado por la poderosa inteligencia de John Stuart Mill, que sirve para definir a todo un subgénero narrativo. A aquel que se opone a los mundos ideales propios de las fantasías utópicas, mostrando su reverso: sociedades crueles y totalitarias que han sido dominadas por las omnipotentes fuerzas del mal.
¿Para qué sirven las distopías?
Suelen utilizarse, lógicamente, para desacreditar las ideas del enemigo y mostrar la terrible amenaza que implica el cumplimiento de sus fines. Suponen el paso siguiente de las cotizadísimas teorías de la conspiración.
¿Por qué la distopía?
Por su permanente actualidad literaria. Cormac McCarthy, Kazuo Ishiguro, Philip Roth y Michel Houellebecq han publicado durante los últimos años su aportación, revitalizando un subgénero que parecía patrimonio exclusivo de la ciencia ficción.
2.- APUNTES DISTÓPICOS
Dos son los orígenes posibles de las sociedades distópicas:
• El triunfo del mal: Las fuerzas ocultas que amenazan nuestras vidas, cuyas perversas estrategias constituyen la médula de un noventa por ciento de los best sellers, han conseguido su objetivo. Han pasado de la potencia al acto.
• La perversión del bien: Las utopías, siempre bienintencionadas, muestran su verdadero rostro –la tiranía, la supresión de la sagrada libertad- evidenciando la imperfección del hombre y la imposibilidad de una sociedad perfecta.
El héroe distópico suele ser un ciudadano anónimo, fiel cumplidor de la ley que, afectado gravemente por una injusticia cuya cotidianeidad ignora, se rebela contra el omnipotente sistema. El fracaso o el éxito de sus propósitos dependerá de la implicación ideológica del autor. Podría afirmarse que cuanto más se acerque la obra a la soflama más posible será el triunfo de su protagonista y la consiguiente rehabilitación de la sociedad. El autor que elimina, mata o lobotomiza a su amado protagonista suele atender más a la novela que a sus consecuencias políticas.
Podría deducirse que las distopías, por su apoyo en el terror y su miedo a las consecuencias de los actos humanos, conforman un subgénero profundamente conservador. Sin embargo, la ideología dependerá de quiénes sean los beneficiarios del peligro que el autor pretenda desvelar. Así ocurre en dos novelas aparentemente antagónicas que, sin embargo, denuncian cómo dos variaciones del “mal” se han adueñado del Capital y ruegan, implícitamente, su eliminación antes de que “sea demasiado tarde”:
• El talón de hierro (1908) sirvió a Jack London para denunciar las duras condiciones laborales de la época. Para justificar su crítica creó un mundo dominado por los patronos, donde el ciudadano ha desaparecido bajo la presión del capital, que lo ha convertido en miembro de un inmenso ejército de esclavos. Por supuesto un héroe anónimo intenta salvar al ser humano de la destrucción. Antes de morir vencerá numerosos obstáculos, pero no podrá superar la inmensa fuerza del capitalismo.
• La rebelión de Atlas (1957) fue escrita por Ayn Rand y muestra una sociedad hundida en el caos. La causa es el intervencionismo del estado, que ha destrozado la iniciativa privada, anulando el espíritu emprendedor de los nortamericanos. El héroe es un joven empresario que, tras una dura y amarga lucha, consigue que el esplendor regrese a Wall Street.
El carácter distópico de una de las contribuciones más populares al género, la mítica 1984, escrita en 1949 por George Orwell, es dudoso, ya que podría interpretarse como un retrato realista de la sociedad soviética. La distopía aparecería en la ampliación del espacio afectado por el totalitarismo. De hecho, es una versión aligerada de Nosotros, novela escrita durante el estalinismo por el desventurado Evgeni Zamiatin, cuyo título alude a la supresión de la individualidad en la sociedad rusa.
La distopía genética es una curiosa variante, cuyo más popular referente es Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley. En la obra del apólogo del LSD, la sociedad se divide en castas genéticamente diferenciadas, que fundamentan un nuevo orden social de amos y esclavos. La rama biologicista ha sido recientemente renovada gracias al talento de Kazuo Ishiguro, autor de Nunca me abandones una distopía inteligente aunque sutilmente apoyada en las penurias de los legendarios androides de Philip K. Dick (hasta para plagiar hay que ser elegante). Todas ellas tratan de demostrar que los seres inferiores –creados indefectiblemente por una casta superior para su servicio- también poseen sentimientos y merecen ser tratados como iguales. Las mejores obras, como es el caso de Sueñan los androides con ovejas eléctricas logran trascender la anécdota y convertirse en hirientes relflexiones sobre la brevedad de la existencia.
Resulta interesante la aportación –que oscila entre el horror y la apología de la secta raeliana- que hizo el divertido reaccionario galo Michel Houllebecq en Posibilidad de una isla. No olvidemos que Houellebecq ya había jugado con el subgénero en el delirante final de Las Partículas Elementales. CONTINUARÁ...
miércoles 30 de enero de 2008
Negro porvenir (I)
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