No tengo nada contra la novela histórica. Tampoco contra la novela negra, de terror, de ciencia ficción o de vaqueros. Creo que sólo existen algunas buenas novelas, miles de malas novelas y trillones de novelas mediocres. Sin embargo, se ha impuesto un cliché sociocultural que asocia al género histórico con la mediocridad y la incultura de la masa. Un cliché, como casi todos, rotundamente falso. Novelas históricas son “La marcha Radetzky” de Joseph Roth, “Los idus de marzo” de Thorton Wilder o el maravilloso “Yo Claudio” de Graves. Incluso “Guerra y Paz” podría situarse dentro del género. Curiosamente muchos escritores huyen como de la peste de la catalogación de “autores de novela histórica”, aun ansiando los beneficios inherentes al éxito del género.
El origen de la huída, y la proximidad de tantos, se encuentra en la supuesta degradación del género causada por el éxito de obras como “Los pilares de la tierra” y “El código Da Vinci”. Siempre he creído que cualquier juicio negativo sobre ambas novelas provenía de un error en la aproximación. Buscar la calidad literaria en “El Código” o “Los pilares” es lo mismo que buscar belleza en un tractor. El tractor está construido para arar los campos y las narraciones de Brown o Follet para ganar dinero. No son obras literarias, sino productos industriales y como tales deben ser enjuiciados.
El premio Nadal ha sido concedido, por segundo año consecutivo, a una novela histórica. Se titula “Lo que sé de los vampiros” y ha sido escrita por Francisco Casavella. En 2006 venció Felipe Benítez Reyes con “Mercado de espejismos”. Son dos decisiones impecables. La editorial Destino –grupo Planeta- busca autores de aceptable prestigio y cierta influencia mediática que le permitan mantener la imagen de calidad que le diferencia –cada vez menos- de la casa matriz y consigan ventas apropiadas. Es decir, atraer a lectores que abjuran de “El Código Da Vinci” y quieren divertirse con una copia maquillada de Dan Brown que no les avergüence ante amigos, compañeros de trabajo o desconocidos con aspecto intelectual con quienes coincidan en el Metro. Perfecto. Lo que sí me llama la atención es la actitud de los Sres. Casavella y Benítez Reyes, que no asumen su conversión al género y pretenden desmarcarse mediante pintorescas declaraciones.
Hace exactamente un año, tras ganar con una obra que mostraba una conjura medieval dominada por los Reyes Magos y la altísima catedral de Colonia, el Sr. Benítez Reyes declaró que su obra no era una novela histórica, sino “una parodia del género”. En uno de sus más famosos cuentos Borges narra las peripecias de Pierre Menard, que pretende escribir “El Quijote” reproduciendo palabra tras palabra la obra de Cervantes ¿Es el Quijote de Pierre Menard el Quijote o una obra independiente idéntica a El Quijote? ¿Puede ser una copia milimétrica de una novela histórica la parodia de una novela histórica?
El Sr. Casavella ha vencido con una obra cuya sinopsis, según El País, es: “Martín de Viloalle, asume durante toda su vida la única decisión en su vida que toma libremente, acompañar a los jesuitas expulsados de España en 1767, por orden del rey Carlos III. Este joven procedente de la aristocracia acompañará a los jesuitas por Roma, los estados alemanes, Dinamarca y la París revolucionaria, al tiempo que será miembro de una sociedad marginal, filosófica, artística y estafadora decidida a ir de corte en corte para entretener el gusto, el sexo, el intelecto y el aburrimiento de la clase aristocrática.”
Es decir, una novela histórica pura y dura: un personaje ficticio y trepador se introduce en las catacumbas del poder durante un contexto histórico decisivo. Gracias a su inteligencia y sensualidad conoce la VERDAD que nos ha sido velada por la intervención de terribles Sociedades Secretas, que han dominado el mundo desde que el hombre es hombre. Como él no se considera un vulgar autor de novela histórica, sino un escritor de prestigio declara que pretende “alejarse de los sucedáneos de ensayo histórico y ofrecer un tipo de novela que, de manera subterránea, da al lector una filosofía de la Historia, que puede ser útil en la actualidad”. Filosofía de la historia subterránea, nada menos.
Reitero, todo lo expuesto me parece razonable desde una perspectiva empresarial y personal. Cualquier autor habría hecho lo mismo que los Sres. Casavella y Benítez Reyes. Los autónomos tenemos que proteger nuestras jubilaciones. También las declaraciones resultan, en cierto modo, coherentes con la estrategia editorial. Pero, al menos, podrían ser generosos y enviar un buen regalo de Navidad al Sr. Brown. Por ejemplo un jamón cinco jotas, que ya pueden entrar en Estados Unidos. Sin su deslumbrante éxito, y sin el golpe que asestó a lo antes conocido por literatura, posiblemente no habrían ganado el Premio que encumbró a escritores como Miguel Delibes, Francisco Umbral, Rafael Sánchez Ferlosio o Alejandro Gándara.