Podéis leer la primera parte en Negro Porvenir (I).
Este largo post se centra en dos prestigiosos autores estadounidenses que han decidido acercarse hasta el subgénero distópico (Cormac McCarthy y Philip Roth) y en lo que supone ese aproximación para el futuro de la literatura.
La teoría de la conspiración –y su triunfo, encarnado en la distopía- está viviendo momentos de gloria. El encasillamiento de los géneros se ha quebrado, víctima de la reivindicación de la historia, de la primacía de las peripecias sobre las emociones de los personajes y el exhibicionismo del autor. Ha sucedido con la novela negra y está ocurriendo con las zonas más respetables de la Ciencia Ficción. Un 91,5% de los lectores del Siglo XXI exigen emociones fuertes, no tienen tiempo para escuchar los lamentos o las ocurrencias de los “antes conocidos como intelectuales”. Se impone lo práctico. El lector no busca la modificación de su mirada, ni quiere contemplar el dolor de profesores, catedráticos, cuarentones en crisis o demás dúplicas del autor como ocurrió, afortunada o desgraciadamente, durante la década de los ochenta. Eso sólo le serviría para complicarse la vida. Tampoco quiere experimentalismos, que quedan reservados para unas élites cada vez más reducidas. Porque, como sabiamente afirmaba César Aira en el artículo Best seller y literatura, la literatura no sirve para nada.
El lector, incluso el lector antes conocido como lector exquisito, busca historias efectivas y mensajes nítidos. Quiere aprender, divertirse –sea mediante el placer o el sufrimiento- y, si es posible –y ahí entra la función de los escritores distópicos de prestigio- mantener cierta patina intelectual. La distopía facilita que el escritor muestre su discurso político con eficacia, mediante un recurso de probada comercialidad que garantiza buenas intenciones y espacio en las mesas de novedades. El escritor que no sepa adaptarse a los nuevos tiempos caerá en la marginalidad con el peso del plomo.
Además el miedo a las máquinas, a las consecuencias del desarrollo, se encuentra en su máximo esplendor. Además el hombre anhela la destrucción, la catástrofe –que le sacaría del aburrimiento y las frustraciones cotidianas- con más fuerza que nunca. Una broma como la de Orson Welles, propagada por ejemplo por la CNN, alcanzaría un seguimiento descomunal. Lo antes reservado para la ciencia-ficción, para la marginalidad que siempre se atribuye a los géneros, está empezando a reivindicarse como parte esencial de la literatura moderna, en un reflejo claro de las tendencias definidas por el mercado editorial. Las amenazas que se ciernen sobre el planeta no están apoyadas, simplemente, en ambiciones territoriales o en rencillas religiosas, sino en fenómenos que, de culminarse, modificarán la vida del hombre en la tierra para siempre, como el cambio climático o la ingeniería genética. O en una réplica del 11S, emplazada en los límites de lo sobrenatural
Así lo han sabido ver Cormac McCarthy y Philip Roth.
Ambos poseen una geografía muy precisa. McCarthy es un renovador de la novela de vaqueros y localiza la mayor parte de su obra (sobre todo su famosísima Trilogía de la Frontera) en parajes desérticos y helados, recorridos por cowboys solitarios que sufren profundos conflictos familiares y existenciales. Roth narra en todas sus grandes novelas –un ejemplo claro es American Prayer- la decadencia de los núcleos urbanos estadounidense, la frustración del trabajador norteamericano, ejemplificada en la brutal caída en la miseria de su amado Newark, convertido con el paso de las décadas en uno de los suburbios más peligrosos de América, y la difícil integración de los judíos en América. Luego tiene otra línea –bastante autocomplaciente- la del catedrático que tira los tejos a sus alumnas, pero se sitúa en terrenos demasiado próximos a la autobiografía. Ambos son autores que, aunque gusten del ocultamiento, poseen un elevado sentido del negocio. Saben que, para seguir manteniendo un nivel de ventas y de atención mediática aceptables, necesitan actualizar sus epopeyas. La actitud de McCarthy, conocido hasta la fecha por mantener un ocultamiento similar al de Pynchon, es sumamente significativa. Durante décadas se vendió como el rey del silencio. Se rumoreaba que vivía en mitad del desierto, en una torre de petróleo abandonada. Sin embargo de repente ha salido de su exilio tejano para entrevistarse nada menos que con Ophra Winfrey, el equivalente estadounidense de Ana Rosa Quintana, y promocionar así su distopía, asentando y ampliando su imagen de marca. Lógicamente superó con creces sus ventas habituales y ganó el Premio Pulitzer.
The Road es una buena novela. Pero también es una obra sumamente previsible. Cualquiera que haya leído alguna obra anterior de McCarthy sabrá que contiene carreteras desérticas, estilo comedido –quebrado por ocasionales ataques de lirismo- concesión informativa –por supuesto no informa de dónde proviene la devastación, un acierto tan repetido que ha terminado convirtiéndose en tópico- y una reivindicación de los valores americanos –individualismo, voluntad- similar a la planteada por Clint Eastwood en sus mejores películas. Su contención es digna de elogio pero debe resaltarse que, en ocasiones, sobre todo en los limitados diálogos, roza el vacío, la intrascendencia. Ofrece exactamente lo que se espera de ella. El éxito proviene de la distopía. Del mismo germen que originó el triunfo de El Código Da Vinci.
Philip Roth se aproximó a nuestro subgénero en su penúltima novela The plot against America. En la portada, tanto en Europa como en USA, aparece una reveladora esvástica, digna de las truculentas distopías de Robert Harris. El tema elegido y el espacio eran los mismos de casi siempre. Sin embargo, una pequeña modificación permitió que las ventas se dispararan y consiguiera el acceso a lectores de grandes superficies. En su particular mundo, Estados Unidos apoya a Hitler y abandona a su amada Gran Bretaña. El antisemitismo se implanta en las calles de América. Roth es un autor listo. Sabe que debe modificar la historia, para que su mensaje, su particular obsesión por la decadencia americana continúe siendo efectiva y, sobre todo, para que las nuevas generaciones no le adelanten. Los autores españoles de la generación de los 80 –salvo excepciones- no se han adaptado a los nuevos tiempos, continúan aferrados a sus conocidas obsesiones y sus ventas caen en cada novela.