¿Puede una técnica exquisita redimir a un planteamiento mediocre? “Chesil Beach”, la última novela de Ian McEwan, facilita una respuesta nítida y contundente: la técnica no puede regalar la excelencia pero sí evitar un fracaso apabullante. Porque, aun contando con una historia vulgar, unos personajes huecos, aunque pretendidamente complejos, y un falseo sistemático de las expectativas del lector, asentadas en un desenlace macabro, no es rotundamente mala. Supera tamañas obstáculos, que hundirían a cualquiera, gracias a habilidades puramente artesanales, como su refinado manejo del tiempo narrativo, el punto de vista, el correlato objetivo y el diálogo. Construye un suntuoso decorado sobre la nada que, si bien no puede evitar un rápido olvido, sí ayuda a salvar el desagrado.
McEwan ha intentado escapar de las peripecias escribiendo una tragedia cotidiana, cuya magnitud no sobrepasa el corazón de los personajes, acercándose así a maestros como Chéjov, Coward –cuyo muy británico “Brief Encounter” no dista mucho de esta novela- o, por la recreación de un turbio secreto victoriano, al magistral Pombo de “Donde las mujeres”. ¿Por qué fracasa?
• Por una pésima elección de punto de vista. A una novela como “Chesil Beach” –que en verdad es un relato breve sobredimensionado, ya que describe una epifanía hinchada hasta la extenuación- no le conviene un narrador tan distante, una tercera apoyada en la tierna pareja protagonista que ocasionalmente se eleve hasta la omnisciencia, sino una primera radicalmente subjetiva, que incremente la implicación del lector. Incluso habrían servido dos primeras alternadas, que mostraran las distintas visiones de los protagonistas sobre los leves hechos que sustentan la trama. Una historia minúscula no se complementa bien con un narrador helado.
• Por la excesiva creencia en su capacidad de análisis del corazón humano, de encontrar nuevas vetas en una mina tan expoliada. Por problemas, por lo tanto, de autoconcepto. McEwan es un buen contador de historias, próximo al best seller de calidad, incluso un lúcido analista político, pero es incapaz de narrar lo mil veces contado de una manera distinta, sin apoyarse en tópicos que, a estas alturas, sólo sobrecogen a alguna vieja matrona . ¿Cree que sus lectores no hemos leído ya cientos de obras sobre vidas perdidas, desperdiciadas por el azar, elecciones pueriles o la perseverancia en el fracaso? Además carece de la precisión y la lucidez de, por ejemplo, un Coetzee o un Thomas Hardy. Y, lo que resulta extraño en la tradición anglosajona, ama demasiado a sus personajes, le vence la tentación de homenajear a sus ancestros, a esa generación puritana que levantó a la decadente Gran Bretaña de la postguera. El nacionalismo vence a la novela.
• Porque el núcleo de la obra, enmascarado bajo ralentizaciones y giros malabares, oculta un planteamiento ridículo, al menos para una novela con pretensiones de trascendencia tolstiana. Los brillantes envoltorios y perifollos de la caja esconden un hueso de aceituna: si el protagonista hubiera sido un hábil masajeador clitoriano su novia no le hubiera dejado tirado en la playa. Nada más y nada menos.
• Engaña al lector ¿Por qué define, con insistencia, las tendencias violentas del protagonista? ¿Tal vez para que el incauto lector no cierre el libro, aguardando un desenlace violento a la altura de las expectativas generadas? Debe reconocerse que, gracias a su técnica, consigue dotar de trascendencia un desenlace vacuo, facilitando un olvido agradable del lector. El cierre es la exaltación de la técnica. Pretende que la nada emocione gracias a la aceleración del tiempo narrativo, demostrando su habilidad en el pilotaje a una velocidad desmesurada, pero fallando en la consecución de la emoción y repitiendo, además, el estupendo final de “Sábado”.
“Chesil Beach” es, en cualquier caso, una novela recomendable para cualquier aspirante a escritor, que quiera estudiar cómo la pericia puede enmascarar un fondo sumamente anodino.