sábado 2 de febrero de 2008

Série Noir

La tercera virgen. Fred Vargas
Ediciones Siruela. 394 páginas.



Una de las escasas alegrías recibidas por la narrativa europea durante el nuevo milenio es la reivindicación de la novela negra, que lentamente escapa de su encasillamiento como género menor, propio de hombres aburridos, de aspirantes a detectives devorados por la rutina y la calvicie. Parte de la culpa la tiene Fred Vargas, que por fin comienza a ser considerada no sólo como una autora de género, sino como una auténtica narradora, sin calificativos.

La recuperación ha tenido especial éxito en Francia. Es un género cuyo inherente descreimiento encaja a la perfección con la presunta decadencia francesa. Nuestro vecino, al menos eso creen sus siempre insatisfechos habitantes, no está atravesando su mejor momento. Las banlieus arden cada dos por tres y París disfruta de una encantadora decadencia.

La narrativa negra francesa representa un punto intermedio entre el cinismo, la imposibilidad para luchar contra la omnipresencia del mal propia de la escuela estadounidense –mantenida, por ejemplo, por el nihilismo de James Ellroy- y la tradición europea, más benevolente y centrada en la resolución de enigmas, en la restauración del benéfico orden establecido. “La tercera virgen" es un ejemplo claro de esa posición neutral:

• Por un lado, el más europeo, está protagonizada por el perspicaz detective Jean Baptiste Adamsberg –héroe habitual de las novelas de Vargas- que debe sortear, y lo hace con suma habilidad, las trampas que el azar y los malvados antagonistas –sorprendentemente próximos- sitúan en el camino hacia la verdad. Su habilidad le emplaza, aunque el contexto sea plenamente contemporáneo, cerca de los referentes clásicos europeos, de aquellos investigadores cercanos a la genialidad que inauguraron siglos atrás el género. Vargas parece consciente de la proximidad con patrones demasiado manidos y hace que su Adamsberg no sea un detective genial, amigo de la verbalización de sus éxitos, sino un hombre poseído por una inteligencia y una intuición que resultan incomprensibles incluso para él mismo.
• La influencia de América aparece en la elección de un espacio urbano casi suburbial: un París bien distinto al habitual, alejado del esplendor del Sena y de los distritos más sofisticados, próximo a la ciudad de Queneau, dominada por bistrots y viejos charcuteros. También en la primacía de unos diálogos secos y ajustado, que aproximan a Vargas a la mejor tradición norteamericana, y no solo a la representada por Hammett, Chandler o Cain, sino también al austero minimalismo de Hemingway. La maestria de Vargas en la utilización del estilo directo merece ser resaltada. Posiblemente el diálogo es el recurso más difícil. Cualquier autor más o menos mañoso puede escribir una buena descripción espacial, incluso controlar aceptablemente el tiempo. Sin embargo el buen dialoguista posee un dominio tal del lenguaje oral que permite su reconstrucción, moviéndose en el estrecho límite que separa la excesiva estilización de la reproducción magnetofónica del “habla de la calle”.

Adamsberg consigue resolver el caso, pero no logra averiguar la verdad, la causa última de los crímenes, que se halla en el fondo, inalcanzable, de la conciencia de un personaje fracturado. Se adentra, con el paso firme de los detectives clásicos, hacia una situación paradójica que, aunque no le impida alcanzar la brillantez, sí le conduce hacia un fracaso íntimo, privado. Esa parte de indagación en la naturaleza humana, en la imposibilidad de adentrarse más allá de las fronteras de la locura, de la dificultad de averiguar qué esconden en su conciencia los más próximos, incluso nosotros mismos, posiblemente sea la más interesante de esta impecable novela, la que provoca que se eleve más allá de las limitaciones del género, más allá de lo obvio: una obra que narra con sencillez una historia compleja –que comienza siendo una extraña mezcla entre casas encantadas y costumbrismo parisino- llena de vicisitudes, de cierres falsos y verdaderos, de viajes al pasado, entradas y salidas en las laberínticas peripecias de los policías, sin caer en la desfocalización –fácil peligro sobre todo cuando se manejan asuntos narrativamente tan peligrosos como los regresos a pasados remotos- consiguiendo, además, que la sorpresa final sea lúcida y coherente.