Cualquier escritor se ha sentido alguna vez tentado por el mal. El mal en escritura se llama best seller, entendido como libro fabricado con el único fin de vender decenas de miles de copias y, por lo tanto, permitir que el escritor viva con cierta holgura de su obra. Representa el mal porque impide que el autor cumpla con su obligación literaria: mostrar su mirada, aquello que es únicamente suyo y justifica su dedicación a la escritura. ¿Puede mantenerse la mirada cuando el fin último es el lucro? Difícilmente y, en todo caso, diluyendo su fuerza. Sin embargo, entiendo y respeto –desde una perspectiva humana, no literaria- a quien cruza la frontera. Siempre es preferible escribir un best seller que trabajar para un capullo doce horas al día. Sucesivos estudios demuestran que el método más fiable es la novela histórica o, mejor dicho, pseudohistórica en su variante conspirativa. Es decir, aquel género que reinterpreta narrativamente hechos constatables pero, por su complejidad y vejez, inevitablemente oscuros, apoyando siempre la hipótesis más sesgada. Es decir, utilizando invariablemente la probatio diabólica.
En dicho infragénero mandan con vigor imbatible dos valores seguros: los templarios y los nazis. Son como las acciones de Telefónica. Indestructibles, inmunes a cualquier crisis. El resto de posibilidades conspirativas (los cátaros, el Opus Dei…) resultan secundarias. Su única función es evitar la saturación del mercado. Ofrecer falsa variedad. Algunos creeréis, erróneamente, que el mercado está harto de templarios y nazis. Su éxito sólo terminará cuando se acabe el aburrimiento cotidiano. Cuanto mayor sea la victoria de la rutina sobre la cotidianeidad y más estrechas sean las nóminas más venderá la pareja diabólica en sus distintas modalidades. Nos encanta creer que el mundo no es tan insulso como lo contemplamos a diario. Nos encanta y nos entretiene, en la peor acepción de la palabra, la profana maldad de templarios y nazis.
Lógicamente el mercado escucha y dispone. Durante la última temporada la importancia de los templarios ha decrecido. Eso no implica una derrota, sino la necesidad de un breve descanso tras el devastador triunfo de El código Da Vinci. Durante esta temporada el mercado ha confeccionado –mediante una inercia inevitable, no creo en un pequeño monstruo dotado de raciocinio y bautizado “mercado”- distintas modalidades de la novela de nazis, adaptadas a las exigencias socioculturales de cada sector de público. Por ejemplo, tras escuchar atentamente el éxito de La vida es bella, ha convertido un texto infantil como El niño con el pijama de rayas en una obra enternecedora, apta para todos los públicos, a la que Salamandra ha conferido –gracias a su buen y merecido nombre y a la adulta sobriedad de la edición- cierto sello de calidad, que permite que millones de almas sensibles lloren con impunidad y buena conciencia. ¿Es inmoral enriquecerse con el asesinato de millones de seres humanos? Yo creo que sí, pero supongo que son valores antiguos y, además, delimitar la frontera entre el lucro y la reivindicación de la víctima resulta muy complicado (excepto en caso demasiado obvios, como el musical basado en la vida de Ana Frank que está representándose en Madrid). Propongo, para quien decida saltar la valla, un imbatible cóctel de primavera. Sólo requiere cierto oficio y un ligero trabajo de documentación, suficiente para planificar una manipulación con fundamento:
• Dos partes de la confusa muerte de Hitler y su posible fuga a Iberoamérica.
• Una parte de Santo Grial.
• Una parte de 11S.
• Unas gotas de catedrales góticas.
• Dimensiones mínimas: 500 páginas.