Las últimas novelas de Belén Gopegui son recibidas con salvas de insultos y alabanzas. Así ocurre desde que, en su penúltima obra, decidió que en su narrativa primara la divulgación política sobre objetivos puramente literarios. Tanto en El lado frío de la cama como en El padre de Blancanieves la ideología de la autora es planteada de una manera frontal, sin ambajes ni justificaciones, con una nitidez propia del teatro bretchiano, huyendo de esa manipulación indirecta que orienta al lector mediante una cuidada –o chapucera- selección de las acciones de los personajes.
El padre de Blancanieves no es otro que un cuarentón lúcido y desbordado, primero por la toma de conciencia política de su esposa y de su hija, después por la aplicación práctica de esa ideología. A su alrededor crecen diversas subtramas que, gracias a la habilidad narrativa de la autora, no devoran al foco principal. La historia queda supeditada a una firme y continua reivindicación del asociacionismo y de la intervención ciudadana.
La postergación de la obra como fin en sí mismo ha provocado una doble consecuencia: por un lado la prosa de Gopegui, antes cercana a la perfección, ha sufrido cierto deterioro, que provoca errores como la excesiva proximidad de las voces en una obra coral o la inclusión de páginas puramente ensayísticas, ajenas totalmente a la evolución de los personajes. Por otro ha causado una increíble libertad formal, que permite la asunción de riesgos antes implanteables, como la antropomorfización de la voz colectiva de una asamblea que, a la manera de un coro griego, define y orienta las decisiones de los protagonistas. Si tan arriesgado empeño no alcanza una verosimilitud absoluta no es por su heterodoxia sino por falta de contundencia, por las excesivas justificaciones que apoyan el salto, siempre innecesarias cuando un autor desea quebrar la rigidez de lo establecido. Lo magistral surge cuando lo político se encuentra con lo novelesco. Sobre todo en la narración de las peripecias de la verdadera protagonista: la madre de Blancanieves. Así ocurre cuando reflexiona sobre la urgencia de la intervención, mostrando la indefinida proximidad de la muerte, o cuando narra su cotidianeidad durante un revelador viaje hacia las consecuencias del trabajo manual.
¿Es El padre de Blancanieves una gran novela? Desde una perspectiva ortodoxa es una obra atrevida e irregular, que no termina de alcanzar la altura de su vértigo. Sin embargo debe valorarse el extraño riesgo de una narración que cumple plenamente sus pretensiones: provocar la reflexión del lector, modificar su conciencia y, en casos puntuales pero siempre significativos, sus actos.