El perfume de Adán es un título horrible y una novela magnífica. No quiero ni pensar cuál sería el aroma que exhalaría, entre deletéreos frutales y animalitos lisérgicos, el primer hombre que pisó el planeta tierra pero intuyo que no sería demasiado agradable. El autor de la novela en cuestión es Jean Christophe Rufin, un francés que ganó el Goncourt en 2001. El perfume de Adán es un best seller vocacional, claramente conspirativo y, además, oportunista, ya que habla de las consecuencias de la superpoblación y de las medidas, demasiado bruscas, que un grupo ecoterrorista toma para limitar los daños ambientales. Ha sido publicado por Ediciones B y tiene una portada negra y acharolada, en la que destaca una calavera con dos tibias. Si Monsieur Rufin hubiera publicado en una casa “presuntamente literaria”, habría vendido la mitad pero habría conseguido muchas más críticas. Supongo que casi todas serían, con plena justicia, positivas. Las intenciones comerciales de El perfume de Adán no son más obvias que las de, por ejemplo, El inocente de McEwan o El infierno digital de Philip Kerr.
Rufin enlaza escena tras escena con suma brillantez, gracias a un tratamiento del ritmo insólito para un europeo –al menos para un europeo continental-. La virtud que más aprecio de los autores de best sellers*, además de la nitidez de sus intenciones, es su dominio de la carpintería narrativa: saben construir una escena, es decir, situar a los personajes en un espacio, planificar sus acciones, gestos y movimientos, vinculando al mismo tiempo lo expresivo con entradas en conciencia y la imprescindible información directa, lo que no resulta –es triste tener que resaltar lo obvio- nada fácil. La dificultad y el mérito se incrementan si el autor logra enlazar y equilibrar las distintas escenas y consigue una buena historia. Los personajes de El perfume de Adán, contra lo que suele ocurrir en este tipo de obras, son aceptablemente complejos. Es decir, se equivocan, dudan, aciertan, yerran y resultan coherentes e identificables. Prescindiendo de sus buenas intenciones –un tanto plomizas- Rufin consigue transmitir una mirada –sesgada pero contundente y atrevida - sobre el porvenir de nuestro maltratado planeta y los riesgos que acarrea cualquier solución definitiva. Narrativa pura y dura, perfecta para un largo viaje en tren o para olvidar los dolores de la hipoteca.
*Género noblemente representado por Forsyth, Le Carré o Lapierre-Collins, incluso por algunas novelas de Follet, como La isla de las tormentas, nunca por el infumable, aunque avispado, Dan Brown.