viernes 23 de mayo de 2008

Reconocimiento

Estoy leyendo Impaciencia de corazón de Stefan Zweig, novela antes conocida como La piedad peligrosa. Recomiendo su lectura sin duda alguna, sobre todo a quienes deseen comprobar cómo la unión entre calidad de página y talento narrativo es capaz de elevar hasta la maestría cualquier argumento, por muy delirante y enfermizo que sea. Las primeras páginas narran los desvelos de un teniente del ejército austrohúngaro desdichadamente enamorado de una paralítica. Parece una cursilada. Y lo es, con firmeza y delectación. Sin embargo, la calidad de la novela se sostiene, con pulso más que sólido, gracias al impecable estilo de su autor, a su dominio del lenguaje, del ritmo y, sobre todo, de los sentimientos de sus protagonistas, abocados a una suerte de sensiblería compleja y verosímil que consigue emplazar a la obra mucho más allá del género rosa.

Es una pena que la literatura comercial de nuestros tiempos -tal vez por la desmesurada, y satisfactoria, ampliación de la masa lectora- no cuente con autores capaces de conceder dignidad literaria a los subgéneros. A la catalogación de Impaciencia de corazón como obra mayor también contribuyen, por mucho que queramos evitarlo, factores extraliterarios, como la propia publicación en Acantilado, editorial que ha ganado a pulso su condición de garantía de calidad, una marca que presupone la bondad, como se supone la verdad de los certificados notariales, de todo cuanto tiene a bien publicar.

Me explico: una novela editada por Plaza y Janés, por ejemplo, cuenta con un lastre en cuanto al aprecio crítico que sólo una calidad desmesurada es capaz de vencer. Sin embargo, cualquier narración publicada, por ejemplo, en Acantilado, Siruela o Anagrama goza de una prerrogativa de calidad que sólo una rematada chapuza puede arruinar. Por supuesto, Impaciencia de corazón no es el caso –pocas obras están más alejadas de la chapuza- pero si Zweig hubiera sido reivindicado por Planeta –no olvidemos que en tiempos lejanos fue publicado por el Círculo de Lectores y compartía estante con Pearl S. Buck- su calidad literaria gozaría de un reconocimiento mucho menor. O no porque, sin duda, aunque rematadamente cursi, es un novelista admirable.