En los oscuros lugares del saber es un libro muy entretenido. Fue publicado por Atalanta hace un par de años. Regala un entretenimiento amable, alejado de la sensación de pérdida de tiempo que siempre dejan los best sellers y los folletines, y varios temas de conversación algo menos estúpidos que los habituales. En los oscuros lugares del saber es un libro de autoayuda para intelectuales, aunque su publicación en el sello de Jacobo Fitz James eleve inmediatamente su categoría, si no hasta el magisterio, sí hasta la reflexión y la trascendencia, ocultando así que nos encontramos frente a una versión presocrática de La muerte, un amanecer.
Peter Kingsley elabora una curiosa teoría o, mejor dicho, una intrigante trama: la filosofía occidental alcanzó un esplendor nunca después igualado durante el periodo presocrático, época en la que Parménides escribió su famoso Poema del Ser –el sorprendente vigor lírico del griego es, con diferencia, lo mejor de la obra- que, según Kingsley, elimina las tradicionales divisiones que separan cielo e infierno, estableciendo con firmeza que sólo quien se adentra en la oscuridad, quienes atraviesan la barrera de la muerte con la presencia de ánimo de Orfeo, alcanzan la verdadera luz, la auténtica sabiduría. En Elea –tierra natal de Parménides- los sabios se encerraban en cavernas durante días y allí, sin peyote ni ayahuasca, traspasaban las espinosas barreras de la parca. Luego llegaron Platón y los suyos, tiñéndolo todo de color de rosa, empujándonos hacia las falacias de la luz en vez de hacia la sombra, y borraron la verdad parmenidiana para siempre jamás. Desde entonces, viene a decir Kingsley, y por la ausencia de diálogo con un más allá cuya existencia no pone en duda, nuestro concepto de realidad es erróneo y vagamos por la tierra sin saber hacia dónde dirigir nuestros pasos.
A lo mejor tiene razón. Sería divertido. Pero su discurso posee la misma credibilidad que El Código da Vinci. ¿Por qué? Porque no cita ni una sola fuente directa que apoye sus teorías –aunque en las páginas finales aparezca una amplia bibliografía que, aun atenuando el estropicio, nada prueba ni confirma- y obliga a los lectores a creer ciegamente en sus excéntricos planteamientos lo que, cuando se exponen rupturas de la realidad compartida tan bruscas, resulta lamentablemente chapucero . Porque mezcla indagaciones arqueológicas e interpretaciones filológicas con viajes al más allá que ruborizarían a Jodorowsky. ¿Qué separa al Sr. Kingsley del clásico vendedor de crecepelo? Tres cuestiones: su talento narrativo –propio de los historiadores-narradores británicos-, su buen curriculum –Cambridge siempre será Cambridge- y la publicación en un sello de distinción garantizada. ¿Por qué es un libro de autoayuda? Por lo mismo de siempre. Ofrece un escape de la realidad, eso sí, adecuadamente exquisito: alguien nos ha engañado, nos mienten, nos persiguen. Es decir, no somos responsables de nuestra basura.