viernes 25 de julio de 2008

Lecturas incompletas


Llevo tres semanas sin leer nada reseñable, ocupado en otros menesteres. En la piscina de un hotel lejano hojeé largamente el 2 de mayo de Reverte, una bonita pieza de carpintería, perfecta para nacionalistas decaídos que necesiten mantener el éxtasis de la Eurocopa. Tras dos días de navajazos, caballos desventrados, gabachos y chulapos la devolví, con toda mi gratitud, a la gentil recepcionista que me la había prestado. Aunque la tensión no estuviera mal cimentada, gracias a la hábil combinación de dos héroes centrales –Daoiz y Velarde- y una ingente masa anónima, preferí perder la mirada entre las bañistas y el infinito gresite de la piscina.

Dos días después, para aliviar un inesperado brote de aerofobia –que, de no haber sido atajado, me condenaba a siete horas y media de autobús- compré el Pomponio Flato de Mendoza. Es divertida, cuenta con una prosa sobria, que vincula adecuadamente verosimilitud, sutileza y zafiedad. La combinación entre su lectura, un descenso pausado y una dosis moderada de Trankimazin surtió efecto. No la terminé. Decidí reservarla para el siguiente vuelo.