
Thomas Mann tenía 25 años cuando escribió Los Buddenbrook. Decadencia de una familia. Cualquier joven -en literatura y en España, como todos sabemos, la juventud termina a los cincuenta- que se sienta orgulloso de la precocidad e inmadurez de su obra debería recordarlo: 884 páginas que describen, con esmeradas palabras, el auge y la caída de una familia prusiana. Muestra con total verosimilitud las causas que motivan los actos de sus personajes, sea una quinceañera, un provecto patriarca al borde de la muerte o el más rancio comerciante de Hamburgo. Y, por si no fuera poco, cumple y renueva los requisitos éticos y narrativos de la novela realista. Sé que exigir la prematura madurez de Mann a todos los jóvenes autores es una pretensión estúpida e imposible pero conocer su existencia y apreciar su calidad como referencia parece ineludible.