sábado 24 de octubre de 2009

La última tentación de Mina Harker


Dos días antes de partir hacia Transilvania, dispuesta a clavar una estaca en el corazón de su primer y último amor, Mina Harker sopesó el ingreso en la vida monástica. Cansada de la ausencia de su prometido, aterrada por un viaje que intuía partido por los lobos, el hielo y la eterna tiniebla de los Cárpatos, obsesionada con el recuerdo de unos ojos demasiado oscuros, cuyas pupilas siempre rojas recorrían cada amanecer sus pesadillas, deambulaba por los pasillos de su mansión sin descanso ni fatiga, armada con un crucifijo de bronce, recitando salmodias que suplicaban el amparo del Altísimo.

Sí, soñó con atravesar la campiña y las grandes ciudades del norte, donde las minas de carbón hundían la tierra y crecían altas chimeneas, cruzar la bruma y las suaves cimas de los Montes Cámbricos e ingresar como novicia en el único convento católico del reino, fundado por unas emprendedoras clarisas y emplazado a escasas millas del muro de Adriano.

Si no hubiera flaqueado su voluntad, el doctor Van Helsing habría regresado a su consulta, decorada con diplomas y cuadros de cacerías, donde seguiría atendiendo los desvelos de damas histéricas, y el conde la habría buscado sin tregua, superando las amenazas de la luz, leyendo su conciencia como quien descifra una adivinanza, venciendo la santidad de los muros. Habrían conversado entre susurros en el claustro y él habría mordido –con cuidado y sin cautela- el perfil más oscuro de su vientre. Compartirían –sí, hasta ahora, porque la muerte se habría desviado de su camino- una pequeña casa en Hampstead y un ataúd doble, lleno de tierra rumana. Allí habrían nacido dos bellos vampiros, que contemplarían las cúpulas de Londres desde la cima del parque, orgullosos del esplendor de Inglaterra.